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Formación para novios y esposos

Es un sufrimiento real y a la vez engañoso. Es real, porque frecuentemente experimentamos tensiones cuando no podemos hacer lo que queremos y nos sentimos frustrados o contrariados al ver que no se realiza nuestro deseo. Es engañoso, en cuanto que, si este sufrimiento no está enmarcado dentro de un proceso de crecimiento integral, entonces no conduce a un fruto, una maduración o un aprendizaje  constructivo.

 

En el contexto del matrimonio, esto significa que, si no se cultiva un estilo de vida pensando en la otra persona asumiendo actitudes y hábitos de servicio, acompañamiento, entrega consciente y decidida de sí mismo(a), pueden crearse situaciones de egoísmo, lucha de poder, rivalidades, indelicadezas y abusos de diferente índole que muy probablemente repercutirán en un desenlace inadecuado de la relación matrimonial.

¿La cruz del matrimonio? (6)

Aquí el verbo que se enfatiza es cargar. Lo primero que llama la atención es que el Señor lo menciona como una realidad perdurable, prolongada en el tiempo y con énfasis en el presente. No acompaña su afirmación con ninguna palabra que sugiera un sentido breve o temporal de ese proceso. Es algo que dura toda la vida. ¿Por qué? 

 

Los seres humanos tenemos la tendencia de querer hacer constantemente nuestra voluntad y esto solo podrá cesar cuando la voluntad de Dios reine en nosotros. ¿Cuándo será eso? Pues cuando hayamos cumplido la tarea de negarnos a nosotros mismos, de purificar nuestra voluntad de todo impulso o tendencia imperfecta y esto generalmente dura toda la vida.

 

No es algo que deba desalentarnos o producirnos frustración. Al contrario, es todo un ramillete de oportunidades (decenas de oportunidades a lo largo de cada día), para decidirnos a cambiar y efectuar los ajustes necesarios en función de la felicidad de nuestro matrimonio y del camino de santidad hacia Dios.

 

Una definición de la Real Academia Española de la lengua afirma que cargar es tomar o poner sobre sí alguna obligación o cuidado. En el contexto matrimonial significa que el(la) esposo(a) está llamado(a) a asumir personalmente el esfuerzo principal de purificar su voluntad, mientras que su cónyuge está llamado(a) a acompañar y complementar este proceso.

 

En la práctica se ha visto que, en lugar de acompañamiento, con frecuencia lo que se presenta es confrontación o conflicto conyugal, mientras que lo que debe ocurrir es un proceso pedagógico de crecimiento mutuo, por supuesto no exento de momentos tensionantes, aunque sí claramente enmarcado en un clima de acogida,

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